Origen y naturaleza del fenómeno migratorio


      La migración que muchas aves emprenden es un acto que supone un cambio de residencia temporal, esto es, alternando su estancia entre lo que comúnmente se conoce como cuarteles de verano y de invierno. La dinámica general es la siguiente: las aves crían durante los meses de primavera e inicios del verano, aprovechando la bondad climática y la plenitud de recursos naturales propias de nuestras latitudes para sacar adelante sus nidadas, que en el caso de varios paseriformes pueden ser dos, tres y hasta cuatro anuales; al finalizar la época estival, una parte variable de estas especies se desplaza mayoritariamente al continente africano donde pasarán los meses de otoño e invierno, más suaves en aquellas latitudes meridionales que en nuestro continente. Y de nuevo con el retorno de la primavera a nuestro territorio estas mismas aves regresan a sus áreas de reproducción. El ciclo se repite anualmente con cierta regularidad tanto en lo que concierne a las rutas de vuelo seguidas como en las especies que las ejecutan y las fechas elegidas, si bien el número de efectivos sí que puede variar en mayor o menor medida de unas temporadas a otras en función de factores como el estatus de conservación propio de cada especie o la climatología reinante cada año. Este último factor es de especial trascendencia para las aves acuáticas que invernan en nuestras latitudes, que dependen unívocamente del nivel de precipitaciones otoñales acaecidas cada año.





      No obstante aunque pueda parecer que es la llegada del frío el elemento que por sí solo condiciona el cambio de residencia, esto es cierto sólo indirectamente. Los cambios estacionales en el régimen de temperatura y precipitaciones llevan aparejado un cambio en la disponibilidad de recursos alimentarios en la naturaleza; esto obliga a determinadas especies a desplazarse en mayor o menor magnitud a zonas alternativas en las que el invierno sea más benévolo y les procure recursos suficientes para sobrevivir hasta la siguiente primavera. En esto se basa la migración, siendo por tanto un evento periódico, instintivo y más o menos predecible, a diferencia de otro tipo de desplazamientos más irregulares y caóticos como puedan ser la dispersión de los individuos juveniles fuera del territorio paterno tras abandonar el nido o movimientos forzosos provocados por tormentas, olas de frío o ciclones que arrastran incluso bandadas enteras, muy a su pesar. De hecho estos desplazamientos forzados son responsables en muchos casos de la aparición de especimenes que citamos como accidentales, normalmente con áreas de distribución originales procedentes de los continentes americano y asiático o de Europa oriental.



La Península Ibérica como area de paso y de residencia para las aves


      La Península Ibérica es un lugar privilegiado en relación al fenómeno migratorio y su observación, para disfrute de ornitólogos y naturalistas aficionados. La razón reside en que las aves tratan de desplazarse ahorrando el máximo de energía posible, lógico si pensamos en la cantidad de kilómetros que deben volar entre los puntos de origen y los de destino; así, además de aprovisionarse adecuadamente antes de comenzar el viaje incrementando sus reservas de grasa corporal, tratan de economizar siguiendo aquellas rutas que son más ventajosas, bien porque les ofrecen lugares intermedios de descanso, congregación o refugio, bien por la presencia de corrientes de viento favorables. El principal obstáculo para nuestras aves lo constituye el Mar Mediterráneo, si bien aquellos contingentes que llegan a nuestro territorio a invernar o simplemente se encuentran en paso procedentes de Europa, deben también superar la barrera de los Pirineos.

      Aunque en apariencia el Mediterráneo no suponga excesivo problema debido a la ausencia de relieve, las condiciones climáticas y la imposibilidad de tomar tierra para reposar no lo convierten en un itinerario muy fiable que digamos. Por todo ello la mayor parte de los ejemplares tienden a cruzarlo por aquellos puntos donde su extensión es mínima, a saber, el Estrecho de Gibraltar, siendo éste el principal punto de congregación de las aves migratorias occidentales y un auténtico edén para los ornitólogos, que aprovechan para realizar avistamientos y censos ad hoc de manera cada vez más coordinada. Alternativamente grandes contingentes de aves utilizan la ruta del Mediterráneo oriental llegando a África por el paso del Bósforo en Turquía y descendiendo por la costa de Israel; la minoría decide intentarlo desde Italia hasta Túnez 'saltando' por Sicilia.



Patrones migratorios: Aves residentes, invernantes y de paso


      Llegados a este punto nos asaltan innumerables cuestiones: ¿Tienen todas las aves el mismo patrón migratorio? ¿Van y vuelven siempre a los mismos lugares? ¿Cómo se orientan? ¿Migran todos los individuos de una misma especie? En principio, y tomando como ejemplo la Península Ibérica, se diferencian varios grupos de aves en cuanto a su fenología. Aquellas especies cuyas poblaciones viven todo el año en nuestro territorio, no manifestando por tanto conducta migratoria, son aves residentes o sedentarias, como los gorriones, los córvidos, el mirlo o la perdiz. Existen unas que crían en nuestra península para después invernar en África; son las llamadas migradoras estivales, caso del águila culebrera, abubilla, cuco, vencejos o golondrinas. Por el contrario otras son aquí solamente invernantes, viajando a sus cuarteles septentrionales para reproducirse, destacando aves como las grullas y gran parte de aves acuáticas. De esta forma existen dos épocas predominantes de desplazamientos, una durante el periodo febrero-abril y otra entre julio-octubre, adelantándose o retrasándose dependiendo del ciclo de vida de cada especie y de cómo varíe el clima cada año.





      Este patrón es el que condiciona la aparición de un conjunto de especies migratorias que simplemente se encuentran en tránsito, es decir, ni crían ni se instalan en invierno, sino que simplemente aprovechan que nuestro territorio se ubica en medio de sus rutas migratorias entre los cuarteles nórdicos de verano y los meridionales de invierno para descansar por unos días. Son las llamadas aves de paso, y pueden observarse durante unos días o semanas en el paso primaveral, el paso otoñal, o en ambos si es que la ruta de ida y vuelta coincide, lo que no siempre sucede. Entre estas aves destaca el paso otoñal de los papamoscas cerrojillos, o el paso primaveral de combatientes en algunas zonas como La Mancha húmeda. Es notable la fidelidad que muestran año tras año tanto a las rutas seguidas como a los lugares de nidificación, instalándose, si no en el mismo entorno, en sus inmediaciones. Adicionalmente existe un quinto grupo de aves que se comportan como migradoras parciales en tanto en cuanto recorren distancias menores, normalmente dentro de la península, trasladándose hacia menores latitudes y altitudes en busca de mayor suavidad climática, como el petirrojo o el escribano cerillo. En muchos de estos casos suelen ser las poblaciones más norteñas de todo el contingente específico las que migran, ya que las instaladas más al sur gozan de cierta estabilidad climática todo el año, patrón adoptado por determinadas poblaciones de cigüeñas, alondras y pinzones.


      Hay que insistir en que la catalogación dentro de uno u otro grupo siempre tiene que estar referida a un ámbito geográfico, porque un ave que se encuentre en paso en España es con toda seguridad considerada como estival en África e invernante en el norte de Europa, o bien una población que es migradora parcial en el norte del país puede ser residente en Andalucía, por poner dos ejemplos claros. Además se da la circunstancia de que aves emparentadas, aunque a menudo comparten un patrón fenológico (y por tanto una clasificación dentro de uno de los grupos anteriormente descritos), no tiene por qué ser siempre así, estando este fenómeno condicionado antes por el área de distribución, las condiciones ambientales y los requerimientos tróficos del animal que por la propia naturaleza y relaciones filogenéticos de la especie en cuestión. Por ejemplo, en el caso de las cuatro especies de zorzales que se pueden avistar normalmente en la Península Ibérica, hay dos que son esencialmente invernantes, otra es residente, y la última es residente pero a la vez migrador parcial en la mayoría del territorio. Esto se repite dentro de los grupos de currucas, mosquiteros, lavanderas, tarabillas, milanos, anátidas, ardeidas, y un largo etcétera.


      De cualquier forma el paso migratorio supone un problema para ciertas especies, ya que esta circunstancia es aprovechada por numerosos cazadores para abatir aves en paso migratorio por métodos poco elegantes como la red o la liga (el famoso parany de Castellón, técnica ilegal a nivel estatal e incomprensiblemente permitida por la Generalitat Valenciana), entre otros, que resultan a todas luces lamentables.



Mecanismos de orientación y desplazamiento en las aves migratorias


      De esta forma queda probado que la migración es, como adelantábamos, un movimiento periódico y soberanamente predecible. Pero el hecho de que sea innato no quiere decir que las aves vengan al mundo ya sabiendo por dónde y hasta qué áreas desplazarse; en ocasiones los jóvenes en su primer año sí parecen adivinar el rumbo a seguir, pero en aquellas especies que se desplazan en bandadas es necesario aprender de los padres. En este aspecto es primordial la posesión de mecanismos de orientación. El primer periplo es el más complicado y muchos juveniles pierden la vida en el intento, pero los que tengan una travesía exitosa contarán con mayores posibilidades de afrontar las siguientes, máxime por contar con un mapa de ruta ya almacenado en su memoria, que irán perfeccionando de viaje en viaje. Este mapa difiere según se trate de migradores diurnos o nocturnos. Los primeros, caso por ejemplo de las grandes rapaces, se guían por los accidentes geográficos del terreno como montañas, valles o ríos, además de por el sol, siendo capaces de conocer la hora por su posición y corregir la trayectoria para no desviarse de la ruta correcta; los viajeros nocturnos, como la codorniz, hacen idéntico uso de la posición lunar y de las estrellas. Algunas como los ánsares emplean ambos métodos de orientación alternativamente en sus desplazamientos por el día y por la noche. Quizá lo más sorprendente es el empleo por parte de algunas aves de una orientación complementaria a partir de los campos magnéticos de la Tierra, de forma análoga a ballenas y delfines en el océano, y muy útil en días nublados o con escasa visibilidad.





      También existen alternativas en cuanto a los mecanismos de vuelo, dependiendo del tamaño del ave y su superficie alar. Así, tenemos que las especies de pequeño tamaño y otras mayores como anátidas o grullas se desplazan mediante un vuelo activo sin apenas cesar de aletear; las grandes rapaces y cigüeñas, que ofrecen una gran superficie alar en relación a su tamaño corporal, se elevan planeando en círculos aprovechando las corrientes ascendentes de aire caliente sin esfuerzo para luego lanzarse en un planeo rectilíneo, en el que pierden altura hasta la siguiente corriente térmica, cuando reinician su ascensión; otras aprovechan los vientos laterales para ganar altura ejerciendo equilibrios corporales a contraviento, para luego lanzarse en planeo recto con viento a favor, caso de las gaviotas o las chovas. Estos mecanismos permiten el ahorro de energía junto con estrategias como el desplazamiento por valles y corredores fluviales, salvando las inclemencias del tiempo, o las clásicas formaciones en "V" de gansos, grullas, garcillas o gaviotas, que reducen el efecto del viento de cara y los remolinos sobre los individuos dispuestos atrás, posiciones estas reservadas a los más jóvenes e inexpertos.


      Globalmente los movimientos migratorios figuran entre los fenómenos más interesantes del mundo animal, y su estudio supone una fuente importante de conocimiento a tener en cuenta en materia de gestión y conservación de especies y sus hábitats, y por extensión, de otras especies faunísticas.




         

Juan Antonio Arce, alias Gilbert