Muladares y aves carroñeras

[ AVISO: El artículo que se presenta a continuación hace referencia a la situación en el 2007 y contiene referencias a la legislación que en la actualidad han quedado obsoletas. ]


      Por muladar se entiende de forma genérica cualquier espacio acondicionado expresamente para la alimentación de aves rapaces necrófagas, esto es, lugares donde se depositan cadáveres enteros o restos de los mismos para que este tipo de aves los hagan desaparecer de forma natural. Tradicionalmente estos comederos artificiales han constituido los principales puntos de alimento de dichas aves en las inmediaciones de las explotaciones ganaderas. Es verdad que los buitres y otras necrófagas facultativas, debido a su agudeza visual, son capaces de detectar cadáveres aislados de animales de mediano y gran tamaño que se encuentren desperdigados por llanos, valles, dehesas y vías pecuarias, ayudando a limpiar los campos y montes ibéricos de focos de infección. Pero la importancia de los muladares de cara al reciclaje de nutrientes es indiscutiblemente superior en cuanto al volumen de biomasa muerta que se transforma, dado que en una superficie relativamente poco extensa se concentran cadáveres de animales procedentes de decenas de kilómetros a la redonda. De esta forma, y especialmente durante los últimos siglos, se ha venido fortaleciendo una relación mutualista (en un sentido acientífico del término) entre el ser humano y las diferentes especies de aves necrófagas, que permite a unos librarse de un bien que ya no es productivo, y a los otros acceder a una fuente de alimento abundante, más o menos estable en el tiempo y muy económica en lo relativo a costes energéticos. Tal es así que la dieta de los buitres está compuesta en su mayoría por cadáveres de ganado vacuno, lanar, caprino y porcino, dependiendo de la cabaña dominante en cada área; si bien en aquellos puntos donde la actividad ganadera es nula o escasa ganan importancia los ungulados silvestres como el ciervo, el gamo o el jabalí, especialmente en los cotos de caza mayor, donde su mayor densidad unida al frecuente extravío de piezas heridas de muerte por el cazador las convierten en el principal recurso de las poblaciones de necrófagos de la zona.




E. Casabella



      Entre las especies asiduas de estos comederos artificiales destaca el buitre leonado por su amplia distribución y también por el tamaño de sus colonias. Normalmente, tras la detección de un cadáver por algún ejemplar, en cuestión de minutos van llegando nuevos individuos que han detectado el movimiento de los primeros hacia ese punto, llegando a congregarse decenas de individuos que se disputan los mejores bocados entre graznidos y picotazos. Los cuerpos serán despachados en cuestión de horas, siempre tratando de mantener las jerarquías en lo relativo al orden de acceso al alimento. Junto a estas ruidosas aves también se benefician de estos espacios los otros necrófagos estrictos, a saber, el buitre negro, el alimoche y, muy puntualmente, el quebrantahuesos, que espera paciente a que los primeros acaben su trabajo para apropiarse de los restos esqueléticos que le proporciona el tuétano del que se nutren. Estas cuatro especies son esencialmente las necrófagas por excelencia, pero también frecuentan los muladares otras aves de presa menos especializadas que encuentran en ellos un suministro cómodo de alimento en forma de carne muerta, que complementa el aporte proteico que obtienen de las presas que cazan habitualmente. De ellas son las dos especies de milano y el águila real las que se dejan ver más a menudo por estos espacios, no siendo tampoco infrecuente el avistamiento de algún águila imperial que gracias a esta fuente compensan la escasez de conejos de buena parte de sus territorios. Tampoco hay que olvidar que en muchos de los casos, tanto en campo abierto como en el propio muladar, son los córvidos los primeros en iniciar el festín, debido también a su mayor abundancia y a que despliegan una actividad más ligada al suelo que las grandes rapaces. De este modo cornejas, cuervos, urracas, grajillas, arrendajos y chovas ejercen, con importancia dispar en función del hábitat afectado, una importante labor de limpieza de despojos de animales de pequeño tamaño, a la vez que atraen la atención de las grandes aves necrófagas hacia los cadáveres más voluminosos.

      Como se decía, tanto la constitución de muladares como el abandono de reses muertas en el monte es una práctica tan antigua como la ganadería, que se ha venido manteniendo en un equilibrio medianamente estable prácticamente hasta el siglo pasado. Una serie de factores han afectado a las poblaciones de necrófagas en nuestro país desde entonces. En primer lugar, la revolución industrial ha conllevado, entre otros eventos, la mecanización del campo; esto ha supuesto la sustitución de la tracción animal en las labores agrícolas por la tracción mecánica, de modo que las mulas, asnos y bueyes que antes eran símbolos de la España rural se han ido sustituyendo por tractores, cosechadoras y demás maquinaria, con la consiguiente desaparición de un recurso importante para las carroñeras. Asimismo, la ganadería extensiva tradicional, que tantos cadáveres dejaba a expensas de los buitres en los campos, ha cedido terreno a las explotaciones intensivas, que estabulan el ganado y limitan el acceso natural a esta fuente de alimento.

      En segundo lugar, no hay que olvidar que estas aves han sido muy perseguidas por parte de los cazadores (eso sí, alentados por la Administración, a causa de su catalogación como alimañas) que a base de venenos y disparos fueron mermando sus poblaciones hasta finales de los años 60, momento en que un inesperado cambio de parecer les otorga, junto al resto de rapaces, el carácter de especies protegidas. Las siguientes tres décadas han resultado un bálsamo para los buitres leonados en general, con casos negativos aislados, logrando aumentar su población nacional de reproductores de 3.240 parejas a más de 17.000 en apenas 20 años.



Restricciones negativas


      La problemática actual tiene su origen en el año 2.000, a raíz de la aparición de focos de encefalopatía espongiforme bovina (EEB), popularmente conocida como mal de las vacas locas, en diversas explotaciones de Europa, especialmente en Reino Unido. Este hecho supuso la inminente aparición de una férrea normativa sanitaria de cara a evitar la posible transmisión de esta enfermedad al hombre y al resto de fauna a partir de animales afectados. Legislativamente se trataba de un reglamento de la UE que se transpuso a la normativa española mediante el Real Decreto 1098/2002, que regulaba la alimentación de rapaces necrófagas con cadáveres de animales y restos de los mismos. En aquel momento y aún hoy día no se tiene constancia de que haya riesgo de transmisión de esta enfermedad a dichas aves, no obstante la normativa se proponía anular la posibilidad de transmisión al hombre durante la manipulación y traslado de restos ganaderos, a la par que garantizaría la conservación de estas especies como obliga la Ley 4/1989. Entre sus medidas se encontraba la obligación de destruir los materiales especificados de riesgo en relación a la transmisión de la enfermedad. Ello significa que, por defecto, los ejemplares de cabaña ganadera muertos en explotaciones ganaderas de cualquier tipo deben eliminarse de forma inmediata por métodos como el enterramiento o la incineración, esto es, que de forma genérica no se permite ni abandonar cadáveres en los terrenos de campeo y alimentación naturales, ni tampoco trasladarlos desde las explotaciones intensivas hasta los mencionados muladares.




E. Casabella



      Realmente se trata de una regulación de fundamento sanitario que en su aplicación no puede obviar la normativa ambiental con la que choca. Por ello, y aunque en muchos foros se ha simplificado esta regulación a la idea de que se imponía el cierre de los muladares españoles, esta afirmación no es correcta. Claro que se han clausurado la mayoría, pero no por orden directa en sí del reglamento, sino por circunstancias derivadas de su aplicación. Dicho Real Decreto concede a las Comunidades Autónomas el mantenimiento de aquellos puntos de alimentación imprescindibles para determinadas poblaciones en riesgo de desaparecer, es decir, prioriza la conservación de unos pocos muladares considerados estratégicos de cara a la supervivencia de la especie en su ámbito territorial. Por supuesto, este punto requiere de autorizaciones rigurosas en varios aspectos. Así, se debe justificar la procedencia de los cadáveres, que los mismos hayan sido desprovistos de las vísceras consideradas de riesgo de transmisión, o bien que las pruebas de detección de EEB hayan resultado negativas. Las explotaciones ganaderas de origen deben estar a menos de 50 km del muladar (menos de 100 en regiones montañosas de acceso complicado) y siempre dentro de la misma Comunidad Autónoma. Tampoco pueden estar sometidas a medidas sanitarias que restrinjan el transporte, y en todo caso, solamente se podrán transportar siguiendo una única ruta autorizada, nunca próxima a mataderos u otras empresas alimentarias.

      Hay que insistir en que la catalogación dentro de uno u otro grupo siempre tiene que estar referida a un ámbito geográfico, porque un ave que se encuentre en paso en España es con toda seguridad considerada como estival en África e invernante en el norte de Europa, o bien una población que es migradora parcial en el norte del país puede ser residente en Andalucía, por poner dos ejemplos claros. Además se da la circunstancia de que aves emparentadas, aunque a menudo comparten un patrón fenológico (y por tanto una clasificación dentro de uno de los grupos anteriormente descritos), no tiene por qué ser siempre así, estando este fenómeno condicionado antes por el área de distribución, las condiciones ambientales y los requerimientos tróficos del animal que por la propia naturaleza y relaciones filogenéticos de la especie en cuestión. Por ejemplo, en el caso de las cuatro especies de zorzales que se pueden avistar normalmente en la Península Ibérica, hay dos que son esencialmente invernantes, otra es residente, y la última es residente pero a la vez migrador parcial en la mayoría del territorio. Esto se repite dentro de los grupos de currucas, mosquiteros, lavanderas, tarabillas, milanos, anátidas, ardeidas, y un largo etcétera.

      Por su parte sólo podrán seguir funcionando aquellos comederos que estén lo bastante alejados de áreas habitadas, que tengan más de una hectárea de superficie y que se encuentren cercados para evitar el acceso de fauna carroñera terrestre, disponiéndose un único punto de acceso para vehículos autorizados. Parece evidente que tanto el no cumplimiento de estos requisitos por numerosos muladares como lo farragoso que resulta tanta tramitación y condiciones para los ganaderos hayan desembocado en la clausura de la mayoría de los mismos, bien por incumplimiento de las restricciones, bien por desuso, dado que en muchos casos resulta más cómodo para el ganadero contratar los servicios de empresas que se hagan cargo de los cuerpos para incinerarlos que analizar los restos, solicitar autorizaciones y transportarlos hasta el muladar.



Signos de declive para las necrófagas


      Los efectos de estas medidas no fueron inmediatos, sino que se han venido detectando especialmente durante los últimos dos años porque en muchas zonas la normativa ha tardado en aplicarse. Sea como fuere, se ha comenzado a observar una tendencia negativa en el crecimiento poblacional de estas especies, en especial del buitre leonado. Si bien el último censo nacional coordinado data de 1999, se ha realizado el seguimiento de poblaciones locales en diversas regiones españolas, y en la mayoría se ha registrado el descenso de dos parámetros biológicos. Por un lado, el éxito reproductor, esto es, el número de parejas que llegan a reproducirse, que en algunos casos se ha reducido entre un 25 y un 50%. Por otro, la productividad, que es el número medio de huevos por pareja reproductora, y que últimamente viene ofreciendo valores que rondan el 0,5 (es decir, un huevo por cada dos parejas) en oposición a valores de 0,7 ó 0,8 propios de años pasados. El descenso de estos parámetros en los últimos dos o tres años probablemente se traduzca en una reducción de los efectivos en determinadas colonias, seguramente más acentuada en el norte que en el sur por una razón: en la mitad sur, durante el invierno, temporada en la que los progenitores deben alimentarse activamente de cara a la reproducción, el clima es más benigno y además la cabaña ganadera es más abundante porque hay más dehesas y porque se impone la trashumancia a estas tierras; de hecho la dispersión juvenil sigue a menudo un trayecto norte-sur por este motivo. Por el contrario en las zonas septentrionales muchas colonias se deben en este periodo a la cabaña estabulada, constituida en muchos casos por ganado porcino, que parece tener más importancia de la que originalmente se le ha concedido.




J.A. Palomar



      No sólo se producen cambios en las tendencias reproductivas, sino también en las pautas alimentarias. Si en una zona poblada por buitres desaparece un muladar de la noche a la mañana, con él se va su fuente de alimento regular. Los animales que mueren en el monte no parecen en muchos casos bastar para satisfacer una colonia entera, así que han de buscar una fuente de carroña complementaria, lo que ha devenido en las cada vez más frecuentes citas de ataques a ganado vivo. Es cierto que crecen las informaciones acerca de ataques a crías recién nacidas, ejemplares enfermos, cojos o impedidos por alguna dolencia, lo cual en muchos casos no deja de formar parte de un proceso de selección natural. Buitres ha habido antes del Neolítico, así que no creo yo que desde antaño basaran su dieta exclusivamente en restos inertes; simplemente su asociación a nuestras prácticas ganaderas ha desembocado en una relajación o acomodamiento, si se quiere decir así, al aprovechamiento de un alimento con unos costes de captura reducidos al mínimo. Si de repente ese alimento ‘barato’ desaparece, hay que despabilarse y trabajárselo un poco. Por lo tanto aunque el problema existe, y en algunos casos debe solucionarse con compensaciones económicas similares a las ya dispuestas para los ataques por lobos y osos, no cabe duda que se ha sobredimensionado su beligerancia. En efecto son aves rapaces, pero no están equipadas para cazar en sentido estricto, no son rápidas, no tienen garras raptoras ni mucho menos capacidad para abatir presas que ofrezcan una mínima resistencia, y por supuesto, no suponen amenaza ninguna para los humanos, como se ha dejado entrever en algún caso. Se puede entender el recelo hacia estas aves por su ‘intromisión’ en hábitats rurales, pero nunca miedos infundados. No obstante en muchos lugares han saltado las alarmas al detectar un incremento notable en el número de ejemplares que ingresan en centros de recuperación con síntomas de desnutrición, en especial individuos jóvenes e inmaduros, que siempre encuentran más dificultades a la hora de acceder al alimento que los adultos, como imponen las jerarquías.



La nueva esperanza


      El último capítulo lo constituye la aprobación del Real Decreto 664/2007 a raíz de unas decisiones comunitarias, vigente desde junio, que suaviza las imposiciones del anterior decreto. Volvemos a lo mismo: ni antes se dictaba el cierre de comederos, ni ahora se levanta su prohibición. De hecho, las consideraciones básicas de ambas normativas son idénticas. La diferencia estriba no en los requisitos pertinentes al muladar, sino en el tipo de carroña que se aporta. Durante estos años se descartaban los subproductos animales ganaderos por la inseguridad sanitaria que suponía su manipulación y transporte por parte del hombre, como se ha dicho anteriormente. En cambio ahora se ha logrado mayor sofisticación en las pruebas de diagnosis de EEB, de manera que son más precisas y rápidas. Por eso el nuevo decreto autoriza el empleo de restos que antes quedaban prohibidos, como son las reses mayores de dos años y las ovejas de más de 18 meses de edad, siempre y cuando los resultados de dichas pruebas sean, lógicamente, negativos (en el caso del ganado lanar, basta con analizar a un 4% de los ejemplares de una explotación).




E. Casabella



      Con esta declaración de intenciones el panorama parece presentarse algo mejor que los últimos años, si bien esta normativa, que emana de otra comunitaria, debería de considerar que la mayoría de las poblaciones de carroñeras orbitan en el sur de Europa, en el entorno mediterráneo, y como tal al menos en estos ámbitos tendría que flexibilizar las restricciones impuestas al establecimiento de muladares. De esta forma, la constitución de redes de comederos artificiales que en algunos países se promulgan, como en España, siempre y cuando se gestionen de manera adecuada y en combinación con prácticas agropecuarias extensivas, puede suponer una oportunidad inmejorable para la conservación de estas aves rapaces, y por ende, para el mantenimiento del equilibrio en los ecosistemas naturales.




         

Juan Antonio Arce, alias Gilbert